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Polinesia Francesa

Su ubicación donde terminan todos los mapas, sus perfectos paisajes volcánicos y las extraordinarias costumbres de sus gentes alimentaron la fantasía de muchos artistas que, desde el descubrimiento del archipiélago en el s.XVIII, plasmaron en sus obras el exotismo de este rincón del Pacífico.

Hoy la fascinación polinesia sigue atrapando al visitante que tiene la suerte de acercarse hasta alguna de sus 118 islas.

Te mostramos lo imprescindible en el archipiélago de la Sociedad:

1. Tahití, el sueño de Gauguin

Cuando el pintor parisino Paul Gauguin pisó por vez primera Polinesia comprendió inmediatamente que aquél era su lugar en el mundo. Cansado de la sociedad anquilosada y tradicional de la Francia del s.XIX Gauguin encontró en este rincón del Pacífico un retiro salvaje, libre y sin convencionalismos.

Se consideró desde el principio un tahitiano más y así le enterraron en Hiva Oa después de que, gracias a sus lienzos, la Europa de comienzos del s.XX descubriera que Polinesia estaba en los mapas del Mundo.

A unos cincuenta kilómetros de la capital Pape’ete, está Mataiea, localidad en la que el artista vivió entre 1891 y 1893. A pesar de estar enfermo y arruinado, durante los tres años que pasó en Mataiea pintó algunas de sus obras maestras, entre ellas las conocidas Vahine no te vi, Parau Aki, o Ia Orana Maria.

Cerca de esta población, y en el centro de un jardín de exuberante vegetación tropical, la isla rinde hoy homenaje al controvertido pintor en el Museo Gauguin, donde se exhiben algunos de sus enseres personales y numerosas reproducciones de sus obras (aunque desafortunadamente ningún original).

2. Moorea, salvaje y cultural

Samuel Wallis, el primer europeo que pisó las tierras de este idílico enclave en el Pacífico sur, quedó fascinado por la exuberante estampa de playas vírgenes y paisajes volcánicos de la bahía de Opunohu flanqueada por los montes Rotui y Parata.

Han pasado 250 años y Moorea, con ese perfil perfecto recortándose contra el cielo sigue dejando con la boca abierta a los que llegan a ella por mar.

En Moorea se lleva a cabo uno de los acontecimientos culturales más importantes de las islas, el Heiva, el mayor evento relacionado con la danza polinesia.

Dura todo un mes (de finales de junio hasta finales de julio) durante el cual profesionales llegados de todos los archipiélagos de Polinesia compiten en concursos de canto y de baile además de practicar otras actividades como el tallado de piedra o los tatuajes.

3. Bora Bora, la isla perfecta

Bora Bora debe gran parte de su fama a su increíble orografía: un atolón de arenas coralinas en cuyo centro se levanta la más verde de las islas. El espacio entre el anillo del atolón y el centro de la isla lo ocupa la Laguna, la verdadera joya de la corona de Bora Bora.

Los mares del sur son uno de los mejores destinos del mundo para la observación de la vida submarina: las aguas son templadas todo el año, el mar es de una transparencia que no admite adjetivos y la variedad de especies marinas es apabullante.

La inmersión estrella en Bora Bora es la que conduce hasta las colonias de tiburones limón que suelen encontrarse a unos 25 metros de profundidad.

4. Huahine Nui y Huahine Iti, las auténticas

La relajada Huahine —formada por dos islas unidas por un puente— que se sitúa entre Moorea y Bora-Bora, parece haber escapado milagrosamente del turismo de masas que ha llegado a la mayoría de sus islas vecinas.

Huahine está reservada para los que busquen la Polinesia más intocada, aquella donde la población local sigue viviendo de la pesca y en la que un buen libro es el más fiel entretenimiento.

En Huahine Nui son muy populares las visitas a las plantaciones de vainilla y a las granjas de perlas negras. Huahine Iti, que es más salvaje que su hermana mayor, presume de tener las playas más espectaculares y desiertas.

5. Alojamiento: The Brando

Es el sueño de muchos: disfrutar de una villa privada en una playa desierta en los Mares del Sur.

Es lo que ofrece el excepcional The Brando, un resort de profunda tradición polinesia que ocupa en exclusiva todo un atolón, el de Tetiaroa.

Sofisticación al más alto nivel y desconexión garantizada nadando entre tortugas, realizando un ritual polinesio con baño de vapor o degustando la cocina japonesa en su nuevo restaurante teppanyaki Nami.

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