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Malta y La Valeta

La vimos convertida en Roma, en la Antigua Grecia o en Alejandría en películas como Gladiator (2000), Troya (2004) o Ágora (2009) entre muchas otras.

Y no hicieron falta muchos retoques escénicos ya que La Valeta, en Malta, es un evocador puerto de piedra por el que una vez pasaron todas aquellas civilizaciones que navegaron por el Mediterráneo. Hoy es una auténtica (y muy desconocida) joya histórica.

Éstos son sus secretos:

1. Los caballeros cruzados

En Malta recalaron fenicios, cartagineses, egipcios, sicilianos y quien sabe cuantos más que solo estarían de paso. Pero fue precisamente un pueblo sin hogar quien la ocupó y levantó su capital tal como hoy la conocemos. Los Caballeros de la Orden de Malta, una orden religiosa y militar nacida en Jerusalén en el s.XI e inicialmente bautizada como Orden de San Juan, tuvo un destacado papel en la lucha cristiana contra árabes y turcos en las cruzadas.

Expulsados por Saladino de Jerusalén y por los otomanos de Rodas, la Orden estuvo sin hogar hasta que el rey Carlos I de España les cediera las islas de Malta, Gozo, Comino y Trípoli. El monarca solo pidió dos cosas a cambio: la entrega de un halcón al año y la promesa de que nunca pelearían contra ningún cristiano.

Así, en 1530, los Caballeros de la Orden desembarcaron en La Valeta y la gobernaron durante 268 años. Hoy muchos de sus edificios son obra suya, incluidos el Hospital de la Orden, el Teatru Manoel y las residencias de los caballeros, entre ellas el imponente Auberge de Castille.

2. Un templo para todos

Aunque la Co-Catedral de San Juan parece austera vista desde fuera, su interior es el perfecto paradigma de la palabra opulencia.

Los Caballeros procedentes de las distintas naciones levantaron sendas capillas en honor a sus patrones, ocho joyas labradas en piedra que dan idea de cuan era el poderío económico de estos guerreros de procedencia aristocrática.

Los Caballeros españoles levantaron dos: la de Sant Jordi (de la corona de Aragón) y la de Santiago, erigida por castellanos y portugueses. Y también en el suelo hay arte: los coloristas sepulcros de mármol que cubren el piso de la catedral guardan los restos de algunos de los miembros más ilustres de la Orden.

Pero la verdadera joya de la Co-Catedral es La Decapitación de San Juan Bautista pintada por Caravaggio en 1608 y que el maestro italiano entregó como moneda de entrada a la Orden.

3. Marineras y encantadoras

Al otro lado del Grand Harbour se levanta la localidad de Vittoriosa (antes Birgu), el primer enclave en el que se asentaron los Caballeros a su llegada a la isla en 1530.

Se puede cruzar la bahía a bordo de una tradicional dghajsa para llegar a la localidad de Vittoriosa, un lugar tranquilo, de callejones empedrados y con una atmósfera muy auténtica.

Pasear sin rumbo por sus pintorescos callejones es ya un atractivo en sí mismo y —además de tener como referentes el Palacio del Inquisidor y el Fuerte de St. Angelo— Vittoriosa es muy popular por sus restaurantes junto al muelle. Otras dos localidades que merece la pena visitar en la bahía son Senglea y Copiscua.

4. Gastronomía mediterránea

En la típica cocina maltesa encontramos el aljotta, un guiso de pescado que es la versión maltesa de la provenzal bullabesa. Los franceses también introdujeron el gusto por el conejo y hoy el stuffat tal-fenek está considerado poco menos que el plato nacional.

De los italianos quedaron muchos platos también, la pasta sobretodo, pero también dulces sicilianos como los cannoli (pasta crujiente rellena de queso ricotta).

Los castellanos y aragoneses llenaron la alacena con ingredientes que venían de América: las patatas y el cacao. Y aunque en Malta les veamos untar el pan con tomate y ajo esa herencia no es nuestra, sino que la reclaman los italianos napolitanos.

5. Alojamiento: Iniala Harbour House

El exquisito hotel boutique Iniala Harbour House ocupa varias casas históricas en pleno Bastión de Santa Bárbara, en la maltesa ciudad de La Valeta.

Lujo palaciego, sofisticación y diseño de interiores cutting edge firmado por tres estudios de renombre internacional.

A esta experiencia única conviene añadir una cena firmada por el chef ejecutivo Andrew Borg —su menú degustación es sorprendente— y unas copas en el coqueto The Vault lounge bar.

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